La expulsión del paraíso

​La misma mañana de mayo del 2004 en que se disponía a iniciar el libro La almadraba, una comitiva infame llegó a entregarle a Leonardo da Jandra la orden de desalojo. Después de veintisiete años de haber dado lo mejor de nuestras vidas por salvar un trozo de selva prodigiosa (más de once mil hectáreas de mar y tierra), un burócrata sin alma nos condenaba al exilio.

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Ante la jueza exhibimos un título de posesión comunal a mi nombre, expedido cuatro años antes de que FONATUR (Fondo Nacional para el Turismo) llegara a Huatulco. Llevamos como testigos a varios de los viejos comuneros fundadores de Santa Cruz, que nos habían medido el terreno, y presentamos fotos, libros, revistas y documentos donde se certificaba paso a paso cómo habíamos fundado el Parque Nacional Huatulco. Hasta la fecha no hemos cesado de señalar las inconveniencias del proyecto turístico que motivó nuestra demanda: construir en pleno corazón del parque (Cacaluta) un club de golf, justo en el lugar que ahora ocupa uno de los manglares más privilegiados de la costa del Pacífico mexicano; levantar una ostentosa cortina de hoteles en la playa más bella de todas las bahías huatulqueñas, la única donde aún anida la tortuga laúd (declarada en fase de extinción); y construir villas en los cerros comprendidos entre las playas de Cacaluta y Maguey, donde en la época de secas se refugian cientos de venados y jabalíes. Por oponernos a este ecocidio “generador de fuentes de empleo y de progreso”, nos inventaron que habíamos invadido el terreno del parque hacía apenas nueve años (porque saben muy bien que a los diez se adquieren derechos) y que por nuestra culpa no habían podido venderlo (sic). 

Nunca en mi vida había tenido un problema legal, ignoraba la atmósfera pesadillesca de los juzgados y la magnitud de la corrupción que propicia el juicio escrito. Jueces que se atienen exclusivamente a las astucias y perversiones de abogados inmorales que sólo buscan ganar los casos, sin importarles que las artimañas legaloides desplacen vergonzosamente los imperativos éticos y sociales de la justicia. Aprendí de golpe que entre la justicia y la legalidad hay un abismo, y que con el juicio oral ese abismo puede salvarse. De hecho, si nosotros hubiésemos tenido un juicio oral lo hubiéramos ganado, pues tuvimos muchos testigos y FONATUR ninguno. Al perder la primera instancia, entendí a plenitud la peligrosa desesperación a que son condenados millones de mexicanos. Sin dinero para pagar un abogado de colmillo y garra, y sin la menor opción ante un poder corrupto y soberbio, el ciudadano común sólo tiene dos salidas: resignarse al papel de víctima, o sumarse a las voces de inconformidad que ya están hartas de tanta injusticia. Descarto, desde luego, la ley del talión, por considerarla propia de un estado de barbarie anterior al estado de derecho.

Varios amigos nos alertaron acerca del gran peligro que corríamos de ser “desaparecidos” pues estábamos hiriendo muchos intereses económicos y tuvimos que trasladarnos a la ciudad de Oaxaca con toda nuestra obra: cuadros, libros, pecios, etc. Con el estigma de “presuntos culpables” y ante la carencia de una verdadera ética en el desempeño de la jurisprudencia escrita, la astucia y el dinero han convertido al juicio escrito en un pantano de corrupción. El juicio duró más de cuatro años y al final perdimos también la segunda instancia debido a “anomalías” en el proceso, una de ellas fue que a nuestro abogado “se le olvidó” promover un escrito en tiempo y forma por lo que regresó a la primera sentencia: expulsados sin apelación de Cacaluta y sin indemnización alguna. Tiraron la casa que construimos con nuestras propias manos, a pesar de que el mismo maestro Francisco Toledo mandó varias cartas en donde especificábamos que deseábamos donar nuestra casa para que artistas se hospedasen y enriquecieran con su labor a la sociedad huatulqueña.

Después quisieron cambiar la poligonal del Parque Nacional Huatulco en detrimento del mismo: FONATUR donaba varias hectáreas de arenales a cambio de los cerros de selva virgen al lado del mar, justo donde vivíamos. Se gestionaron todos los permisos a nivel federal y estatal para otorgarle de manera gratuita esos terrenos a un proyecto denominado Punta Maguey, y como no pudieron hacerlo intentaron desincorporarlo del área protegida del parque. Utilizamos todos los medios a nuestro alcance para que la opinión pública se enterara de lo que tramaban los detentadores del poder. Y tras varios años de lucha no pudieron hacer el cambio de la poligonal del parque. Los terrenos, que aún pertenecían a FONATUR no obstante ser parque, pasaron a manos de la SEMARNAT (Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales), todos menos el área donde vivíamos y que había motivado nuestro desalojo.

En la actualidad, la CFE (Comisión Federal de Electricidad) construyó una subestación eléctrica enorme, con miras a desarrollar toda el área de Maguey, Órgano y Cacaluta. A pesar de las protestas de grupos ambientalistas y de la sociedad huatulqueña, la obra se completó y FONATUR tiene en la red en venta terrenos en Cacaluta, incurriendo en una grave ilegalidad: pone en venta, bajo las denominación de “lote uno”, parte del Parque Nacional. FONATUR no puede vender terrenos del Parque. La dirección del Parque, la PROFEPA, SEMARNAT, CONANP, INE y demás autoridades deberían proceder, tienen el imperativo ético y legal de tomar cartas en este asunto.

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Parque Nacional Huatulco

​En 1998 esta pareja de utopistas hizo posible la declaratoria oficial del Parque Nacional Huatulco. Más de once mil hectáreas de mar y tierra en un medio de riqueza excepcional de flora y fauna, pequeño paraíso terrenal donde da Jandra cazó y pescó durante veintisiete años para conseguir el sustento diario.