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Reflexiones sobre el poder

REFLEXIONES SOBRE EL PODER

Fragmentos del libro La gramática del tiempo, de Leonardo da Jandra, recientemente publicado por la editorial Almadía. No existe la justicia en, por y para sí, sino decisiones justas e injustas. La toma de decisiones es una de las prerrogativas del poder, a tal grado que podría decirse que la historia de la humanidad es una lucha constante por el control de las decisiones. Una de las principales características del ejercicio del poder es la acción de sobajar, con su connotación de soberbia y humillación. Entre el sobajado y el sobajante hay la misma relación que entre un perro y el amo que lo golpea. En estado de naturaleza, si el sobajado no acepta el sobajamiento no tiene más opción que enfrentar la muerte: o mata al sobajador o es muerto por él.

La determinación de toda dinámica de poder reside en la acción de decidir sobre la vida y la muerte. Eros y Tanatos son las dos caras del poder: negar sometimiento al poder es arrostrar la muerte; acceder al poder es potenciar la vida.

En El banquete de Platón Eros es considerado como una fuerza perpetuamente inquieta e insatisfecha. En Masa y poder, Canetti fundamenta que toda fuerza duradera y consistente se convierte en poder.

Si aceptamos la duración como pauta de poder, es obvio que el límite de deseo de poder es la muerte. Eludir la muerte, eternizarse como fuerza, es una pulsión inseparable de los detentadores de poder.

El negarse a compartir el mando evidencia el nivel de la patología del poderoso. Mandar sin obedecer, mandar y obedecer, y obedecer sin mandar agotan la patología posible de la relación dominante-dominado.

En la concepción patriarcalista hobbesiana el origen natural del Estado se remonta al temor colectivo y la necesidad de dominarlo. En el Leviatán se explicita que toda forma de sociedad que no vive bajo la protección de un Estado temible, tiende a degenerar en guerra civil.

Las hordas que huyen despavoridas por las praderas incendiadas, y las masas que estallan de pronto en las grandes concentraciones urbanas denotan una carencia de poder personal.

La legitimación que hace Locke en el segundo de sus Dos tratados de gobierno de la defensa del individuo, al sostener que nadie debe dañar a otro en su vida, salud, libertad o posesión fundamenta al Estado como organismo legitimizador y monopolizador de la fuerza represiva. Esta actitud profundamente inmoral, que el anarquismo considera inseparable de la esencia misma del Estado, pone en evidencia la flaqueza conceptual con que Locke y el liberalismo pretendían ocultar la naturaleza tanatofílica (represiva-atemorizante) del estado de derecho.

El Estado no es el resultado de un consenso, sino de una imposición. Una vez impuesta la dinámica represiva del estado de derecho, nadie puede escapar a su influencia, de ahí que la tesis lockeana de la posibilidad de permanecer en estado de naturaleza sea una falacia.

Una sociedad temerosa y reprimida que intentara de pronto regresar al estado de naturaleza se suicidaría. El estado de naturaleza es animalidad plena, y para regresar a esta plenitud el hombre civilizado tendría que experimentar una ruptura violenta con la racionalidad consumista.

Hobbes sistematizó la necesidad del estado protector diciendo que mientras los hombres viven sin un poder común que los atemorice, se hayan en condición de guerra de todos contra todos, de manera que donde no hay poder común la ley no existe, y donde no hay ley no hay justicia. Menos prejuiciado y con una visión política más penetrante, Montesquieu desplazó la determinación pervertidora de la naturaleza a la sociedad y privilegió el aspecto legalista y pacificador del estado de derecho, sosteniendo que la guerra de todos contra todos hobbesiana sólo aparece y tiene vigencia cuando los hombres pierden el estado de naturaleza y se ven obligados a vivir en sociedad; las leyes surgen, así, como el único instrumento que puede reprimir la violencia connatural al humano.

Una sociedad de derecho es, por tanto, una sociedad represiva. Pero, ¿qué es en realidad lo que se reprime? La determinación de los individuos carentes de poder.

El hecho de que la pauta de libertad la dé la ley, priva al liberalismo de su fundamentación humanista. Libertad y legalidad son términos que sólo pueden ligarse con la mezcla represiva de poder y sometimiento.

La supuesta dicotomía entre las tesis de El contrato social (la libertad determina las leyes) y El espíritu de las leyes (no puede haber libertad más que bajo la protección de las leyes), deja inalterable la raíz perniciosa del problema: el estado de derecho con su ropaje de civilización y progreso restringe la libertad, la sacralidad y la felicidad el individuo a cambio de una supuesta seguridad masificante y consumista.

Se obtiene poder por investidura, iniciación o consagración; y se pierde por degradación, indignidad o abuso. Estas formas premodernas del tráfico de poder son, no obstante, insuficientes para mostrar el carácter totalmente profano de las nuevas modalidades del poder económico y tecnológico. La ilusión tecnológica lleva inevitablemente a formas autoritarias de poder.

En un mundo orgullosamente objetualizado el sujeto pasa a segundo plano, se cosifica. Tomado como cosa o mecanismo el individuo pierde su especificidad y se convierte en cantidad indiferenciada, vil masa. Esta transformación diabólica de la conflictividad individual en perfección técnica, inclina a los tecnócratas hacia modelos de represión sofisticada que convierten al todo social en una maquinaria productivo-consumista sin conciencia ni sentimientos.

En la raíz del proceso racional de destrucción de la naturaleza (producción de mercancías) está el afán de acumular poder. El dinero, forma genuinamente desnaturalizada del valor, se convierte en instrumento de poder en franca actitud profanante y naturicida. El tener desplaza al ser, y el poder se convierte en mercancía. La compra-venta de poder termina, así, por desnaturalizar las relaciones interindividuales y desacralizar por completo a la historia (no olvidemos que si bien Lutero funda su herejía luchando contra el poder corruptor del dinero, el protestantismo, en su delirio calvinista, termina rindiendo pleitesía a la onza de oro).

Con el colapso previsible de los modelos de apicultura experimental (tipo soviético) concluye también la incongruente dicotomía entre poder político y poder económico. En los modelos socializantes (esencialmente marxistas y, por tanto, cultores de la determinación económica) el poder económico terminó bajo el dominio burocrático del aparato político; en los modelos de libre producción y venta de mercancías (esencialmente hegelianos en cuanto que partidarios de la sublimación del estado de derecho) el poder político termina bajo el yugo de los grandes consorcios económicos. No importa ya la naturaleza del modelo: consumismo, masa y poder son rémoras pegadas por siempre y para siempre a la piel de la historia.

Posted in Artículos on Feb 11, 2016

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