| Da Jandras

El caso Toledo

EL CASO TOLEDO

Leonardo da Jandra

Si tuviera que escoger diez individuos que merecieran salvarse de la intranscendencia global a que estamos condenados, uno de ellos sería Francisco Toledo. La vida-obra de hombres singulares como éste es un don caprichoso que la Naturaleza concede a la Historia. Si contásemos con uno solo de estos personajes en cada estado, ya no serían necesarias las Secretarías de Cultura, ni la clase política pasaría por la vergüenza de confundir un original con una copia. Las mentes ilustradas odian la copia por lo que tiene de degradante; pero ni siquiera los mejores críticos pueden impedir que los desposeídos de talento imiten y parasiten de los genios con la intención de perpetuarse. Otro de los grandes hombres que rescataría es el filósofo Richard Rorty. Y los relaciono porque, además de la condición egregia de ambos, una de las obras más significativas de Rorty tiene un título insoslayablemente tolediano: Contingencia, ironía y solidaridad. Desde la perspectiva unificadora de vida y obra que aquí nos interesa, es difícil encontrar un encabezado más preciso para definir el Caso Toledo: uno de los artistas plásticos más contingentes, irónicos y solidarios de la antiheroica edad postmoderna. La vida-obra de Toledo está destinada a perdurar porque, a su manera, reúne lo que la sociedad venera en sus héroes: la conexión íntima entre el núcleo identitario y la mente actualizadora de mitos. Sin héroes no hay mitos; y sin mitología el arte se convierte en artefacto futurizado: un mero hacer obediente a la estrechez de miras del mercado y a las exigencias grupusculares de las vanguardias efímeras (¿habrá alguna que no lo sea?). El genio –forma sublime del héroe- transforma la mirada cotidiana en un trazo magistral actualizador de mitos. En Orozco, Rivera y Siqueiros, el escenario mítico se funde y confunde con lo político; en Tamayo aparece ya de forma magistral e innovadora la recreación de una identidad mítica que alcanzará su punto culminante con Toledo. En un tiempo de ruindades como el nuestro en que la cantidad señorea a la calidad, el genio emerge entre la masa como una referencia identitaria que, ante las bajezas de la clase política y financiera, la mayoría social se apropia para no extraviarse y sucumbir. Toledo es un pintor venerado por el pueblo y admirado por los encumbrados; sin embargo, se aleja con premeditación y alevosía del influjo domesticador de ambos. Como todos los genios, Toledo es bifronte: una cara mira con fascinación hacia el pasado mesoamericano; la otra apunta con desconfianza hacia un futuro donde la instalación virtual pretende desplazar para siempre al pincel. Dotado de una habilidad impar para el dibujo y el grabado, este creador tímido y reservado ha logrado vencer la pereza natural del óleo con su trazo electrizante. En el universo zoomórfico de Toledo hay un recuento acucioso de diversidades en vías de extinción. Todo lo que este amante de la naturaleza pintó tuvo antes vida en el ojo. No una vida pasiva de percepción expectante, sino activa y crítica: la mirada alerta de un cazador de sutilezas y esencialidades. En sus delirantes zoomorfías rara vez tiene cabida el depredador humano. El humanismo de Toledo no es pictórico sino solidario; su objetivo es suplir las deficiencias socioculturales de la comunidad, y no la denuncia ideologizada en que incurrieron los hijos más notables de la Revolución mexicana. El pintor genial no habla, ve; y lo que ve es un mundo poblado de excesos: vida y muerte, luz y oscuridad, ansias de libertad y cerrazón autoritaria…Hijo de una cultura dual, Toledo rechaza con ironía el patriarcalismo judeocristiano para entregarse a un culto de la fecundidad que es digno vástago del matriarcado istmeño. No puede ser azarosa esa proliferación de grillos, conejos, sapos y murciélagos en su obra. Sólo conozco una forma de vida mínima que supera la fertilidad de estas bestezuelas, y es la termita. ¿Será gratuito que la nueva revista del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca se llame precisamente El comején? Hace unos meses, en homenaje a los setenta años del Maestro, un joven escritor sentenció: “Sin el maestro Toledo yo hubiera sido más pobre.” Ante casos como este, es inevitable convertir el yo en un nosotros. Yo me atrevería a decir que, gracias a Francisco Toledo, en Oaxaca están surgiendo nuevas generaciones más preparadas y críticas. El resultado tendrá que verse en un par de décadas; la única certeza que ahora tenemos es el desfile de esos jóvenes que han incluido en el itinerario de su vida la visita obligada a los centros culturales que ha erigido Toledo. Decía Gracián que hay dos clases de individuos (yo añadiría de creadores): los que poseen genio y los que sólo poseen ingenio; con el primero se nace, el segundo exige un esfuerzo constante. Casi todos los genios de refugian en el silencio, pero es un silencio engañoso: el genio no habla porque prefiere oír, no teoriza porque prefiere hacer. La llama sagrada de Toledo es ritualmente silenciosa y antiespectacular, no emana del resentimiento ni busca el aplauso, sino que se sostiene en una solidaridad más compasiva que la de cualquier jerarca religioso. Durante la revuelta del 2006 en Oaxaca, Toledo mandó colocar en la fachada del IAGO una gran fotografía de Gandhi, el nieto de la resistencia civil pacífica (y digo nieto porque el abuelo fue Cristo y el padre Tolstói). El hecho de que este pintor excepcional rechace la opción violenta en una sociedad históricamente subyugada por la corrupción y la intolerancia, es un ejemplo para los creadores luciferinos que no quieren ver más salida que la confrontación destructiva. La única beligerancia que el artista debe aceptar es la propia del proceso creativo. La manera implacable con que Toledo ejerce la autocrítica –que es la forma más genuina de crítica- lo eleva majestuosamente por encima de los egos delirantes que sólo piensan en el reconocimiento y el aplauso. Los creadores mezquinos sufren y se degradan por querer inmortalizarse; los verdaderos genios se alejan del clamor presentáneo y ven con disgusto todo intento por deificar sus dones naturales. Toledo es hijo de un siglo signado por las guerras más cruentas y las dictaduras más desaforadas; pero es también heredero de las más decididas exigencias libertarias. De ahí que su obra oscile críticamente entre la ruptura y el orden, la vida y la muerte, Mesoamérica y Occidente. Bajo el influjo de esta dicotomía universalizadora, los posibles obstáculos no hacen más que multiplicar los logros. No hay a lo largo de la Historia muchos casos de mentes privilegiadas que retribuyan a la sociedad la parte más amorosa de su éxito. El gran hombre no es el que se beneficia astutamente con la sangre y el sudor del pueblo, sino el genio que da agradecido lo mejor que tiene. Cuando una mente con talento tiene el encanto de personalidad y el sentido ético muy potenciados, sus logros son asimilados por toda la sociedad como propios. Al pervertirse los liderazgos políticos, económicos y religiosos, estos personajes egregios son elevados por el pueblo a una condición sublime que los convierte en referencias morales e identitarias básicas. Pero los que usufructúan los regímenes de desigualdad e injusticia no pueden celebrar las acciones de los grandes hombres morales, porque la ignorancia y la bajeza de espíritu nunca se han avenido con las aportaciones geniales. Así, aquellos que deberían reconocer y honrar a los grandes aportadores culturales, se convierten sentenciosamente en sus mayores enemigos. Durante la exposición que Toledo hizo en la Tate Gallery de Londres, un crítico comparó la calidad de los grabados de Toledo con los de Durero. Desde el oteadero profano de la presentanidad dominada por el glamour y el dinero, tal vez parezca exagerada la comparación; sin embargo, yo me atrevería a aventurar que la maestría y la originalidad de los grabados de Toledo no sólo debe remitirnos a Durero, sino también a Goya y a Rembandt. Pero donde el juchiteco universal no admite referentes es en el ámbito sociocultural. No ha habido en toda la historia de las artes plásticas un solo creador que haya hecho por su comunidad tanto como Toledo. Y esto –en un tiempo de egocentrismo delirante como el nuestro- debe ser celebrado como un ejemplo sublime.

Posted in Artículos on Feb 11, 2016

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